Escribir sobre cristal: Apuntes de un taller portátil

Existe una imagen romántica del escritor: un hombre encorvado sobre una máquina de escribir ruidosa, rodeado de bolas de papel arrugado y humo de tabaco. Pero la realidad, al menos en mi Paralelo 57, es más silenciosa y luminosa.

Hace mucho que escribo en soporte digital, mi computadora y mi iPad

No es una decisión técnica, sino una búsqueda de libertad. A esta altura de la vida, uno ya no quiere estar atado a un escritorio pesado ni a una habitación cerrada. La escritura debe poder suceder en cualquier parte: frente a una ventana mirando el mar, en la espera de un café o en el silencio de la madrugada en el sofá.

Muchos creen que la tecnología mata la creatividad, que las notificaciones son el enemigo de la prosa. Yo he descubierto lo contrario. Estas pantallas, cuando se usan con intención, son lienzos infinitos.

La herramienta cambia, el oficio permanece.

Ya no mancho mis dedos con tinta, pero la exigencia de encontrar la palabra exacta sigue pesando igual. Escribir en digital me permite borrar sin dejar rastro, reordenar párrafos con un dedo y llevar mi biblioteca entera en la mochila. Es la modernidad al servicio de la tradición más antigua del mundo: contar lo que vemos.

Al final, no importa si es pluma de ganso, máquina Remington o una pantalla táctil. Lo único que importa es que, cuando se apaga la luz azul, quede una historia que valga la pena leer.

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