La abadía de los lobos

Por Juan José Torres

Narrado por el autor

Sé que, aún hoy, en la frágil quietud de la noche, entre árboles casi vivos, deformes como retorcidos de dolor, los primeros rayos de la luna apenas si se atreven a iluminar esas ruinas. Alguna vez se la conoció como la abadía de Morkvold… una afrenta a la naturaleza, una herida abierta en el negro corazón del bosque moldavo.

Sus paredes rezuman un líquido amarillento y espeso como el de una infección que supura hasta los cimientos. El suelo, cubierto de una costra verdosa y enfermiza, esconde la sangre de los inocentes que allí se derramó.

Sus ruinas custodian el horror de la muerte violenta. La niebla a su alrededor huele a corrupción.

Yo, Fenrir, lo sé bien. Dejé mi fe entre esos muros. Fui uno de los pocos que escapó, aunque el precio de mi libertad hoy me hace aullar en las noches de luna llena.

Mi historia comienza con Bjorn… no el monstruo, el hombre.

Con las primeras señales de la peste sobre mi piel, me expulsaron del clan. Los golpes de aquellos que fueran mis vecinos, familia y amigos por años, abrían las pústulas extendidas por todo el cuerpo, dejando un rastro maloliente y fétido en el aire.

Sin someterme al dolor o a la fiebre, avancé ansiando morir a cada paso. Durante horas caminé sin rumbo hasta perderme dentro del bosque negro.

Sentí las garras de la noche clavarse en mi pecho.

Algunas veces caminando y otras arrastrándome llegué al pie de los muros de la abadía, apenas podía respirar. Perdí el sentido intentando encender una fogata.

No sé cuánto tiempo pasó, abrí los ojos cuando las últimas llamas de una hoguera a punto de apagarse, delineaban una silueta encorvada y deforme de alguien acercándose.

No podía verlo, pero su olor me asfixiaba. Lo que antes pudo ser un hombre, ahora se arrastraba como una larva en mi dirección. Un ser lastimoso. El espanto se apoderó de mí. Se acercó hasta sentir el calor de las brasas. No hice gesto alguno de oposición, si debía morir, bien podía ser a manos de esta criatura o por las de cualquier otra. Daba lo mismo.

Cubierto por el cuero de un animal a medio pudrir, estiró una mano sobre los pocos restos que irradiaban calor. Inmunda, con uñas que se curvaban sin sentido en varias direcciones. Sangre seca se esparcía por una piel agusanada y hedionda.

Cerré los ojos esperando recibir a la muerte sin más sufrimiento, pero no llegó.

Lo escuché hablar con voz entrecortada, me contó sobre su aldea, describiéndola con una nostalgia que no me resultaba extraña. Habló de risas, de niños corriendo entre las casas de madera, del calor de un hogar… cosas que ahora percibo como ecos de algo que perdí hace mucho tiempo.

Me habló de una noche de fuego y acero, de hombres como bestias que llegaron de tierras malditas y frías gritando endemoniados su sed de sangre y su odio por la vida. Habló de maldiciones, de un altar improvisado erigido en honor de un dios lobo y de los suyos siendo devorados por éste. Y en ese punto, sus palabras se convirtieron en gemidos, en un lamento gutural que me heló la sangre.

— Los vi… a mi esposa, mis hijos… ofrecidos como… como ganado, — murmuró, con los ojos fijos en un punto invisible. —Y yo… yo no pude hacer nada. —

Noche tras noche, la espantosa criatura me visitó con el cadáver fresco de algún desdichado animal con el que yo me alimentaba. Los ataques de fiebre comenzaron a hacerse menos frecuentes y mi cuerpo, antes maltrecho, se fortaleció indecente con esa carne cruda y sangre. Una noche, vi algo en mi deforme guardián. Algo más negro que las ruinas que me albergaron. En la rota oscuridad de la Abadía un rayo de luna se filtró entre las ramas muertas del bosque negro y lo vi transformarse, no físicamente al principio, sino por dentro. Su mirada se volvió salvaje, sus movimientos erráticos. Algo en los escombros de Morkvold lo torturaba sin misericordia.

Sin entender lo que pasaba y presa del pánico me alejé lo más que pude de la bestia. De repente, iluminados por la luna llena pude ver a los monjes… espectros de túnicas grises y ojos vacíos… entraban y salían a través de los muros representando una escena sin tiempo. Se amontonaban en una esquina apenas visible de las ruinas donde los despojos de otro ser se retorcían clamando por piedad.

La curiosidad pudo más que mi miedo y me acerqué al moribundo. Al principio, vi que los monjes intentaban curarlo, “salvar su alma”, decían en sus rezos. Consumida por un fuego que ni el agua bendita podría apagar, el espíritu del desdichado, en quien reconocí a la criatura que me alimentaba, ya no era el mismo.

Vi cómo lo encerraron, creyendo que podrían contener su demencia con cadenas y oraciones. Fue en vano, esa locura no entiende de grilletes ni de plegarias. Se alimenta del dolor, crece en la oscuridad, se convierte en algo más… algo bestial.

Lo vi rugir como un demonio enfurecido, hacía temblar la tierra, mientras se estiraba y retorcía aullándole al viento su odio. Esa fue la noche cuando Bjorn se liberó.

La escena se tiñó de rojo, la abadía era un matadero. Los monjes, que se creían protegidos por sus rezos, yacían desmembrados por los pasillos, sus rostros inertes mostraban una postrer mueca de terror. Bjorn había desaparecido, dejando tras de sí un rastro de sangre y locura.

Me dormí aterrado entre sollozos y temblores sin poder sacar de mi cabeza tanto dolor. Al día siguiente no encontré a la criatura por ningún lado, sólo los restos de un ciervo recién muerto que devoré con avidez hasta saciarme. Fortalecido, abandoné el lugar para nunca más volver.

Seguro se preguntarán, como yo lo hice durante siglos, que habrá sido de aquel que me cuidara: No sé los detalles exactos, solo los rumores que llegaron hasta mis oídos entre gritos y el choque del metal en la batallas.

Dejó de ser Bjorn, nada queda del hombre. Los cuentos hablan de una bestia, un lobo enorme y deforme, con ojos que brillan de odio en las noches. Lo vieron Vagar por los páramos, aullando a la luna, en los alrededores de unas ruinas a las que nadie se acerca, un espectro de pesadilla sometido a la maldición a repetir su tragedia una y otra vez.

La Abadía de Morkvold se volvió su tumba y su prisión. Un lugar perverso, donde el eco de sus gritos se oye en las noches de tormenta, recordándonos que la manía y la bestia acechan en el corazón de todos, esperando el momento justo para liberarse.

Y yo, Fenrir, el lobo que vio su transformación, sigo aullando esta historia para aquellos que se atrevan a mirar demasiado cerca las pesadillas de un condenado.

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