Por Juan José Torres
En 1945, la suerte era una moneda de dos caras en la campiña francesa. Al sargento le asignaron un novato al que llamaban ‘Lucky Boy’ por su inexplicable fortuna, pero en la guerra, hasta la suerte tiene un precio que pagar.
La ruta que tomamos atravesaba Auvernia y Cantal. La campiña francesa estaba plagada de alemanes en retirada, y la bruma de la noche invitaba a una emboscada. El convoy avanzaba ruidoso y humeante, esquivando los cráteres dejados por el prolijo bombardeo aliado previo al desembarco.
Mientras intento no quedar volcado en la banquina, veo al soldado a mi lado agarrarse de cualquier cosa que lo mantuviera dentro del camión en cada sacudida. Era un novato. El sargento Me lo encajó como refuerzo con la excusa de que traía suerte.
‒ Cambia esa cara Parker, no estas para andar eligiendo compañía
Desde que llegué a Europa, intento no involucrarme con nadie. A cualquiera que ande cerca mío en una batalla, lo más probable es que una ráfaga de ametralladora lo parta al medio sin piedad. Los imbéciles de 103 dicen que llevo un blanco pintado en la espalda.
Prefieren tenerme lejos y yo se los agradezco, me va mejor así.
‒ Trata de que no lo maten, es su primer día. ¿Está claro soldado? ‒ esto último me lo gritó escupiéndome sobre la cara.
Varias casualidades lo habían mantenido sano y salvo en Inglaterra hasta hoy. “Lucky Boy” le decían y en su casco llevaba pintado un trébol de cuatro hojas.
Sin ir mucho más lejos, apenas esta mañana su avión fue el único en aterrizar a salvo con una pequeña parte de la cuarta división, el resto está perdido en el mar. Las supersticiones siempre me parecieron sandeces, solo se les ocurren a los desesperados.
No sé ni su nombre y tampoco me interesa saberlo. Me ordenaron llevarlo, aunque estoy seguro de que me iría mejor solo. A los reemplazos los he observado mil y una vez y siempre es igual: en un momento están sonriendo estúpidamente como si esto fuera un juego y, en otro, estoy salpicado de su sangre. Varios son parte de mis pesadillas si es que consigo dormir.
‒Cabo‒ me dijo a los gritos tratando de hacerse oír, ‒ ¿Cómo se sobrevive a esto? ‒.
‒ No importa si estás en casa mirando tu chica o en medio de una guerra frente al enemigo, tarde o temprano, contemplarás tu muerte y pensarlo demasiado en el campo de batalla te lleva a olvidar agachar la cabeza. Solo eso y no tendrás oportunidad de remendar tu error‒.
‒ ¿Nada más que eso? ¿Mantengo la cabeza abajo? ‒, preguntó sorprendido por la simpleza de mis reglas.
‒ Cada día que pasas en el frente, ese pozo profundo, húmedo y nauseabundo al que le dicen trinchera, aunque puede ser mi propia tumba.
Desde que el chico está conmigo, he cavado seis. Igual que él. O no, pueden ser menos… vaya uno a saber cuántas… He dejado de contarlas. Desde el desembarco, siento que fueron miles. Para el novato solo han sido seis. Tampoco pueden ser más. Apenas es un chico. Está impecable, casi se puede oler el perfume de su madre al despedirse de él. No creo que sepa lo que es la espuma de afeitar. Siempre que me mira, sonríe como queriendo hacerse el amigo. Yo solo huelo sangre y cenizas. No sonrío. Estoy inmundo. A él no le falta ni un botón.
Solo con mirarlo sé lo que piensa. Los mocosos como este creen que al llegar a su casa los recibirá una novia perfecta, una familia amorosa y un trabajo que los hará vivir felices para siempre. Piensan que morirán rodeados de nietos en su casa de la pradera. Es demasiado chico para una bala en la frente. Eso no lo imagina. No hace falta.
A mí no me espera nadie y tampoco me ilusiona regresar. ¿Para qué? ¿Otro lugar en donde cavar mi trinchera? Llegarán para él esos días en que las cartas de casa no lleguen más. La última que yo leí la escribió mi hermano para avisarme de la muerte de nuestra madre. Han pasado meses desde aquello. ¿Importa algo más?
La noche se me hizo tan larga que ya no recuerdo ni adónde vamos. Sigo como desquiciado el rumbo de otro camión que va adelante. Los rostros lúgubres de los pobres diablos que transportamos apenas se distinguen envueltos por el humo de sus cigarros. Se aferran a sus armas. Creen que ese hierro inerte es un boleto de salida para este infierno. Más les valdría una pala para cavar una vez más. La frenada sobre el camino me trajo de vuelta. El novato se asomó a la ventana para averiguar qué nos detenía.
Estaba distraído con el rítmico relampaguear de los bombardeos a la distancia cuando alcancé a notar un destello a unos doscientos cincuenta metros de nuestra posición. Luego, escuché el ruido. Fue como si algo se quebrara a la distancia. Una fracción de segundo después, mis manos estaban pegajosas y húmedas agarradas al volante. Giré para advertirle sobre el francotirador, pero no llegué antes que la bala. La sangre de “Lucky” cubría toda la cabina. No esperé a ver nada más. Me arrojé a la carretera, amparado por la puerta del camión. Paladeé el sabor del espanto sazonado con pólvora. Afuera, los jinetes del apocalipsis segaban miles de almas. Repté desesperado entre restos humeantes de los desafortunados, hasta llegar al otro lado del camión y caer en el cráter de una granada.

Desde esa improvisada trinchera, pude ver el horror. A mi lado, varios soldados yacían hacinados, sin vida. Creí arrancar de las manos de uno de ellos el fusil al que todavía se aferraba y empecé a disparar. Apuntaba en la dirección en que vi aquel furtivo destello unos minutos atrás. En la neblina del combate, noté a alguien saltar a mi lado. Era “Lucky”, disparando en la misma dirección. Con cada recarga nos mirábamos. Apenas lo reconocí: ya no me sonreía. No hablaba. Solo disparaba. La pólvora ennegrecía su rostro mientras sus codos se empapaban en la sangre del muerto que estaba al lado.
De repente lo vi levantarse y correr en dirección al camión. Se me perdió de vista por un momento, un instante que me pareció una eternidad, hasta que lo vi regresar. El fuego enemigo parecía acompañarlo mientras zigzagueaba entre cuerpos y escombros, marcando su camino de vuelta con plomo y humo. No esperó a llegar y se lanzó de cabeza al hueco que ocupábamos. Entre sus manos creí ver las placas que antes colgaban del cuello de algún soldado. No entendí cómo pudo haberse arriesgado por esa estupidez. Un bramido atronador anunció la llegada de la lluvia de fuego de nuestros Spitfires. Luego, todo fue silencio. El humo y el hedor de la carne quemada invadieron la carretera justo antes de la salida del sol.
Desde el borde de mi trinchera, percibo el caos de médicos, la mortandad, los gritos. La niebla y el humo pretenden alejarme del espanto. Camino solo, no hay quien lo impida. Todo a mi alrededor ha perdido la esencia. A la distancia veo a Lucky hablando con los médicos mientras suben a una camilla el cuerpo de un pobre diablo con el pecho vacío. Me atraviesa la sorpresa de verlo vivo. Yo estaba seguro de haber paladeado su sangre cuando todo estalló.
Me levanté. No sentía nada. Dolor, miedo, el frío de la tierra. Nada. La niebla y el humo pretendían alejarme del hedor a carne quemada, sabía que estaba ahí, pero yo caminaba sin sentirlo. Cerca del camión destrozado, Lucky hacía lo mismo. Tranquilo, casi en paz, su estúpida sonrisa de novato queriendo hacer amigos era una mueca carente de inocencia y llena de espanto.
Vi a los médicos y a sus enfermeros subiendo un cuerpo a una camilla. Me acerqué. Los oía hablar, los oía lamentarse por el pobre diablo. Cuando lo levantaron, me hice a un lado para no estorbar. Ellos se movieron sin notar mi presencia. Levanté la mirada buscando a Lucky. Habían quitado la sangre de su rostro; estaba peinado y con el uniforme impecable, como si nada hubiera pasado.
“Los muertos no necesitan trincheras”, me dijo Lucky con una sonrisa franca. “Deberías sonreír vos también”. Mientras decía esto último, hizo un gesto con la cabeza en dirección al desdichado que acababan de llevarse.
Corrí a verlo antes de que fuera tarde. Una extraña urgencia me impulsaba. Cuando llegué a la ambulancia, entre tantos cuerpos maltrechos, vi al que buscaba. Por un momento pensé que estaba sufriendo el trauma de los combatientes. Lucky tenía los ojos abiertos y me miraba desde la camilla. Le faltaba una parte del cráneo. A su lado, con el pecho destrozado, estaba yo.
