De repente se me vinieron cosas encima, como la vida misma, como la muerte.
¿Qué veré al atravesar ese umbral por el que todos pasaremos? Asumo que hay algo más. ¿El universo desplegado? ¿La oscuridad y los destellos son en realidad las últimas conexiones neuronales agotándose? La realidad ¿es toda una ilusión de mi mente fantasiosa?
¿Cómo será enfrentar aquel momento? ¿Seré tan valiente como para ver con esperanza el final de mi cuerpo biológico y afrontar la incógnita sobre cuál será el paso siguiente?

Me siento como un astronauta que flota solo en el espacio después de haber quedado desenganchado de su nave… abrigado de estrellas en la profunda oscuridad, como un náufrago que comenzó el día nadando cerca de su barco y un viento inesperado lo alejo tanto que, llegada la noche no puede volver hasta él.
Y lo peor es que sabe que, aun pudiendo llegar, no hay soga ni escalera para subir a bordo.
Con el correr del tiempo lo ve marcharse como se ve a la vida pasar.
¿Qué es lo primero que veré cuando la nave se convierte en un punto brillante más entre las estrellas?
Creo que será al horizonte. Intentaré establecer un punto de referencia como para que la última esperanza no se pierda, aunque no vea mi nave, quiero establecer por donde desapareció. Pretendo inmortalizar la esperanza.
Ese punto de referencia que busco es para no dejarse morir y nada más, le puedo decir esperanza, es el núcleo de la historia. ¿Soy consciente de estarme engañando al mirar ese punto en el horizonte, o la ilusión es tan perfecta que realmente me reconforta?
La ilusión es sólo eso, mi mente lo sabe.
Hay un “pero”: A veces sentirse ilusionado por un desenlace de película donde al final te rescatan, es una mentira reconfortante. Sabes que no es cierto, sabes que las posibilidades están en tu contra y aun así preferís mentirte.
En la inmensidad del espacio, o en lo infinito de aquel lugar donde estas más sólo, te obligas a ver un destello fugaz, “es la nave” te repetís como si eso fuera a traerla. Te ilusionas con que un viento solar la arrastre y te la acerque, o no, tal vez quieras comenzar a aferrarte fuertemente a la tesis que dice que no estamos solos en el universo.
Sabes perfectamente que es una mentira, tenés la certeza matemática de que las posibilidades están en cero, y aun así elegis el autoengaño porque la verdad desnuda es insoportable.
En esa inmensidad, la mentira no es cobardía; es el último escudo protector de la cordura.
De última, empezás a filosofar sobre la muerte.
Buscás un destello, un milagro tangible (la nave, el viento solar); cuando la física y el cosmos te fallan, te aferrás a la probabilidad estadística (la paradoja de Fermi, esa tesis que sostiene que no estamos solos, aunque no haya una sola prueba que lo sostenga, el deseo de que “algo” o “alguien” aparezca en la oscuridad); y cuando ya no quedan cabos de dónde colgarse, la mente da el último paso evolutivo dentro del traje espacial: empieza a filosofar sobre la muerte.
La filosofía como el último refugio del que ya no puede ser rescatado.
Es una transición perfecta del pensamiento. El astronauta deja de mirar hacia afuera para empezar a mirar hacia adentro.
Al público le encanta el rescate de último momento, salvarse casi rozando lo milagroso y ahí me surge la duda, ¿mereceré tal esfuerzo de universo como un milagro? ¿Que se rompan las leyes de la física y de la naturaleza toda sólo para salvarme? ¿Que gana el cosmos con eso?
La respuesta implícita es aterradora y hermosa a la vez: Nada. Al universo le da igual. Las estrellas van a seguir fusionando hidrógeno y las galaxias expandiéndose exactamente igual si ese traje espacial se queda sin oxígeno o si regresa a la nave. Exigir un milagro es exigirle al universo que deje de ser universo solo para halagar nuestra existencia.
La esperanza humana suele ser profundamente egocéntrica: creemos que somos los protagonistas de la película y que el cosmos está obligado a tener un plan de contingencia para nosotros.
Si el universo no gana nada rompiendo sus leyes para salvar un cuerpo biológico, entonces el verdadero milagro no puede ser físico. La maravilla es que esa chispa insignificante de conciencia, flotando en el vacío absoluto, sea capaz de hacerse esa pregunta. El cosmos no se rompe para salvar al astronauta; es el astronauta el que, al filosofar, “salva” al cosmos de la inexistencia, convirtiéndose en el ojo que lo mira y lo entiende.
Si se asume esa indiferencia del universo… ¿en qué se transforma la esperanza de esos últimos minutos? ¿Se convierte en el orgullo de morir entendiendo el juego, o en la paz de disolverse en un orden que no necesita excepciones para ser perfecto?
Abro los ojos, los tenía cerrados para darme la oportunidad de sorprenderme con la solución, en mi mente las imágenes del mundo son sólo un recuerdo. En la inmensidad de este universo la constante cosmológica (¡Perdón Stephen!) es la insignificancia.
No hay solución. No hace falta tampoco solucionar nada. Todo es perfecto, así como está, aunque yo lo cuestione. ¿Y quién soy para cuestionar?
Dejar de flotar no es opción, en este espacio no existe esa alternativa.
