
La tarde se apaga rápidamente. El invierno parece poseerla.
Una finísima llovizna intenta mojar las hojas de los robles que todavía no han dejado de caer.
Un otoño que parece resistirse a marchar. Al igual que aquella nave que desaparece en el horizonte y me deja masticando mi propio yo, me exijo permanecer consciente, me rebelo contra la inevitable desaparición y me pregunto, al final, ¿fui feliz?
Unida a la verdad sobre la condición de ser insignificante en la escala cósmica, esa pregunta se vuelve molesta, me enfrenta a mi propio reflejo en la escafandra de mi traje espacial. El universo es mi espejo.
Ese espacio indolente al que no le afecta mi presencia o mi ausencia todavía me cuestiona.
¿cómo se puede ser feliz sabiendo que soy insignificante?
Sócrates, con mucha más elegancia que yo, propone que la felicidad no es algo que se encuentra tirado en el camino, ni un golpe de suerte, ni un placer pasajero, dice que es el resultado de conocerse a uno mismo.
Está claro que dedicó mucho mas tiempo al tema y eso no fue lo único que dijo al respecto, pero quería detenerme en esto, en que él lo asocia a un resultado íntimo, único y personal: Ser feliz es la consecuencia de saber quiénes somos. Aun así, ni conociéndose uno mismo se encuentra la felicidad.
Quizás el error no está en la felicidad misma, sino en el verbo que le asignamos. No se “busca” la felicidad, como si estuviera escondida en el espacio profundo o en el rescate de último momento. La felicidad se defiende. Es la soberanía de la mente que, aun sabiéndose náufraga en una oscuridad helada, elige encender su propia luz interna.
Si el autoconocimiento no es una garantía, si mirarse al espejo del cosmos solo confirma el vacío, la quimera se vuelve amarga. El filósofo nos exige una claridad intelectual que a veces no alcanza para abrigar el cuerpo en una tarde de invierno.
Saber quiénes somos nos vuelve conscientes, sí, pero también nos vuelve dolorosamente testigos de nuestra finitud.
En este punto, mi única salida parecen ser los estoicos, que con una crudeza más práctica, proponen bajar las armas. Si la felicidad no se encuentra al final del viaje del autoconocimiento, tal vez sea porque seguimos buscando un resultado, una meta, un cielo despejado.
Epicteto sugería que el error no es la falta de saber, sino el exceso de exigencia: la infelicidad es el berrinche de la chispa de conciencia que le pide al espacio indolente que la reconozca, o a la llovizna de la tarde que deje de caer.
Aceptar la insignificancia no es resignación; es la máxima victoria estoica.
La felicidad, despojada de su pomposidad egocéntrica, deja de ser ese desenlace de película milagroso para transformarse en algo mucho más pequeño, íntimo y resistente. No es la ausencia de invierno, sino la decisión de permanecer templado mientras el otoño se resiste a desaparecer.
Si el cosmos no va a romper sus leyes para salvarnos, ni para hacernos felices, entonces el último refugio es nuestra soberanía mental. Una mentira reconfortante, quizás, o la verdad más honesta de la que somos capaces: entender que todo es perfecto así como está, aunque yo lo cuestione en el desamparo de mi coordenadas.
Y cuando el final deja de ser una hipótesis filosófica y se convierte en la presión fría que aprieta el pecho, la pregunta por la felicidad cambia de eje.
Ya no hay tiempo para planificarla, ni proyectos que justifiquen su búsqueda. Estoy acá, flotando en la inmensidad, viendo cómo la luz de mi nave se confunde definitivamente con las estrellas lejanas. El oxígeno es un lujo que se agota, e intentar masticar mi propio ser ya no es un ejercicio de la tarde; es el último acto voluntario de mi historia.
¿Fui feliz? La pregunta regresa, pero ya no se siente como esa molestia que me enfrentaba a mi propio reflejo. En este umbral, despojado de la soberbia egocéntrica de creer que el universo me debe un milagro, entiendo que la felicidad no fue la ausencia de este vacío, sino haber tenido la audacia de mirar la inmensidad y, aun así, sostener la cordura.
Morir derrotado o deprimido sería concederle al vacío la victoria final. Sería aceptar que esa insignificancia a escala cósmica me arrebata el derecho a la dignidad.
Y no.
Si el universo es mi espejo, mi última resistencia moral es recibir el final con entereza, con la templanza del que sabe que cumplió su parte del trato: Ver para existir y que otros existan.
La felicidad, en este último suspiro, se transforma en el consuelo más puro: la gratitud de haber sido la chispa de conciencia que, por un instante fugaz, obligó al vacío a ser mirado y comprendido.
No hay espacio para el berrinche, no hay reclamos estériles al universo.
Se quién soy en la inmensidad y acepto que mi finitud es la llave para desarmar la amarga quimera de la muerte
Todo es perfecto así como está.
Elijo encender mi propia luz interna por última vez dentro de la escafandra, no con la tristeza del vencido, sino con la inmensa paz aunque se en el último segundo, de saber quién soy.
